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Cuando las luces se apagan

Llevo todo el día currando. He tenido una reunión por la mañana, luego he llegado a casa y he tenido que editar varios vídeos del trabajo. Por la tarde he tenido que ir a la oficina. He terminado a las 19:00. No nos vamos a engañar: también he hablado con mi novia y he saludado a un par de colegas. Pero la verdad es que tengo la cabeza como un bombo. Es curioso como, a pesar de pasar todo el día delante de pantallas, lo que me apetece para desconectar, es seguir frente a una de ellas.

Es algo que me define: trabajar frente al ordenador me da dolor de cabeza, pero ver dos capítulos de una serie en la pantalla de la tele me lo quitan. El punto más importante es sin duda que la historia es diferente: puedo evadirme de mi rutina, de mis problemas, de mi estrés, de mi tensión, y vivir la de otros. Puedo dejar de preocuparme de temas mundanos y reflexionar sobre asuntos más importantes, como la muerte, la traición, el desamor, las decisiones difíciles… Así dicho, suena hasta duro. Pero hay que tener en cuenta que no son nuestros problemas. Eso ayuda.

Después de ese duro día de trabajo, he quedado con dos amigos. Me recogen en coche, cenamos algo, y compramos nuestras entradas de cine. En realidad, íbamos a ir, aunque la cartelera estuviese falta de estrenos interesantes. Pero esta vez, queremos ver la nueva película de terror de Ari Aster. Sus dos anteriores películas nos han encantado, hay que ver cuanto antes su tercer trabajo. Nos sentamos en las butacas, cómodas. Todavía hay luz. Es tenue, te ayuda a estar calmado. En paz.

Entran otros espectadores como tu, que llegan con ganas de devorar historias, de dejarse llevar por el pulso del director, por las escalofriantes interpretaciones de los personajes. Llegan con ganas de olvidarse de la llamada que les espera al día siguiente, de la reciente ruptura con su pareja. Llegan con ganas de disfrutar. Entonces las luces se apagan, los títulos de crédito comienzan, y todos los presentes hacen un pacto: disfrutemos todos juntos de lo que el cine tiene que ofrecernos. Todos allí apreciamos el trabajo del equipo que ha hecho posible ese film. Lo respetamos.

O bueno, eso es lo que pasaría si mis amigos supiesen comer el kilo de palomitas que han comprado sin hacer ruidos horribles, o si la gente que ha entrado después de nosotros no fuesen adolescentes que van al cine a hacerse los guays y a gritar en medio de la película. Si al menos quisiesen meterse mano lo harían en silencio. No siempre te encuentras con pases así, pero cuando pasa, da mucha rabia. Pierde toda la magia que una pantalla grande y un sonido envolvente ofrecen. Deberían de hacer un examen de respeto y dar carnets que autoricen el entrar a las salas.

Por eso el gran cambio que estamos viviendo desde hace años, no está tan mal. No me malinterpretes, tu que me lees, voy a seguir acudiendo a las salas de cine jugándome el dinero y la frustración para poder seguir disfrutando de la magia que estas me ofrecen. Pero es verdad que tener el extenso catalogo que las plataformas digitales ofrecen al alcance de un botón y en la tranquilidad de mi hogar, es también magia, y de las buenas.

La magia ocurre: apagas las luces y bajas las persianas, subes el volumen, cierras las puertas… Puedes crear el clima que deseas, y, es más: podéis comer todas las palomitas que queráis haciendo ruidos horribles, que a nadie vais a molestar. Podéis abrir bolsas de patatas, podéis mirar el móvil, podéis gritarle a la pantalla, podéis hacer todo lo que considero molesto en una sala de cine, ya que no estoy delante. Entiendo que no os importe, al final, ¿quién soy yo? Aunque es una respuesta de doble filo, al final, ¿quién eres tú para molestarme? ¿Has pagado más entrada que yo?

Pero todo esto, solo empaña lo importante: esa lágrima que cae al suelo cuando me emociono, esa impotencia cuando los personajes están en una situación injusta, esa admiración por las actitudes que en la pantalla se toman que yo en mi vida soy incapaz de tomar, esos mundos imaginarios en los que me gustaría vivir un tiempo… Lo que importa es que podamos hablar durante horas al salir del cine, o por ese grupo de WhatsApp en el que están todos nuestros amigos cinéfilos cuándo vemos el último estreno de Netflix.

Da igual que a mi me emocione el cine de autor y a ti las películas de Marvel. Da igual que tu te emociones con una comedia romántica y yo con un film de terror. Lo importante es, que al final del día, aunque tu la veas en casa y yo en el cine, aunque tu comas palomitas o le grites a la pantalla mientras yo soy incapaz de desactivar mi cerebro de lo que estoy viendo, todos disfrutamos del séptimo arte, y por mucho que cambien las formas y las actitudes, esta magia no se va a apagar nunca.

Entrevista a Javier Botet ¡No te la pierdas!

 

Publicado en: Actualidad del cine

Iker Casado
Iker Casado
El cine me ha gustado siempre. Lo he estudiado, lo he coleccionado, y lo he disfrutado. Pero eso no es lo más importante. Lo que más me define, es que me pasaría toda la vida hablando de ello.

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