Arturo Ripstein lleva dirigiendo muchos años, y tras muchos años sigue llevándose el reconocimiento merecido: en el Festival de Málaga de este año se llevó el premio a mejor dirección. Y es que cuando nos enfrentamos a una película contemplativa, de planos largos y contundentes, lo mínimo que esperamos son personajes complejos y situaciones impactantes: El diablo entre las piernas no solo tiene eso, también nos hace pensar, también nos enseña cuerpos poco normativos y resulta políticamente incorrecta en muchos detalles. Todo esto la hace única, con una atmósfera malsana, pero con una fotografía bella al mismo tiempo.

Los protagonistas no siempre tienen que gustarnos

La película no tiene demasiada trama, pero porque no la necesita. Lo relevante son sus personajes, y cómo la relación entre ellos los ha llevado al punto en el que se encuentran. Beatriz recibe vejaciones por parte de su marido a diario. Sus celos son brutales, pero ella vive con todo esto, ya que hay una codependencia muy extrema. Pero con todo ello, nuestra protagonista no deja de sentirse deseada, y eso la lleva a tomar una importante decisión.

Nos vamos moviendo junto a la cámara por esa casa que es un personaje más, siguiendo al matrimonio en planos largos. Esto hace que nos acerquemos a una cinta que se acerca a la manera de experimentar el teatro. Las interpretaciones de Silvia Pasquel y Alejandro Suárez son verosímiles y desgarradoras, y no hay nada más que se les pueda pedir. Los vemos en situaciones muy desagradables que nos crean rechazo ya desde el inicio de la película, pero aún así los acompañamos en sus 147 minutos de metraje. Es desagradable, pero la situación está tan bien descrita que podemos comprenderla en parte.

Se atreve con temas que muy pocos se atreven a tratar

Pocas veces me he enfrentado a films que hablen del sexo en la vejez de una manera tan brutal. Es cierto que es descorazonadora en muchos aspectos, y que cuenta un caso concreto, pero deja muchas reflexiones encima de la mesa. Todo es complejo y lleno de matices: una mujer mayor activa sexualmente, lo cual hace que el marido tenga celos, mientras que él es también activo en su intimidad.

Temas como enfrentarse a un pasado que duele, el abandono de los hijos y la soledad que estos sienten y las distintas maneras que hay de vivir unos celos están continuamente, explicitados por líneas de dialogo, pero también latentes en cada acción de los protagonistas. Es una película que cuenta cosas, pero no te las lanza a la cara: las cuenta, ocurren, como en la vida.



El contrapunto joven del film, la cuidadora del marido que interpreta Greta Cervantes, regala una de las frases que más define la idea principal del film, aunque cuenta muchas más cosas. En una conversación con Beatriz le dice que mejor haber disfrutado de todo ese pasado sexualmente activo teniendo en cuenta la cárcel de soledad en la que se encuentra ahora viviendo con su marido. Desgarrador, directo y lleno de realidad.

Estéticamente bella en lo malsano

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Con una fotografía en blanco y negro de la mano de Alejandro Cantú, el film nos introduce en la historia con sus largos travelings dentro de la acción. Las acciones de los personajes son naturales, y al ser algunas de ellas desagradables de digerir, esta naturalidad realza la sensación de autenticidad, lo cual las hace más duras. Nada es políticamente correcto en esta cinta, y desde luego eso la hace diferente, fresca y única. Los personajes reproducen diálogos horrorosos, incluso el personaje de la esposa se dedica a apuntar todas las cosas horribles que su marido le dice.

Pero a pesar de toda la atmósfera malsana, de todas esas secuencias que dejan en evidencia la obsesión con la ropa interior, tenemos planos estéticamente bonitos, que nos encandilan y nos brindan tiempo para dejarnos llevar. Hay secuencias que sufren esto y hacen caer el ritmo, pero desde luego tiene otras virtudes: nuestro mundo se desvanece en esa hipnosis y nos adentramos en el de los personajes, por muy doloroso que sea.

La música también ayuda en algunos momentos clave. Es cierto que los silencios son muy importantes cómo metáfora de lo que estos personajes no se dicen, pero cuando entra la música que Beatriz baila en sus clases, se solapa con otras situaciones, y surge la magia. También tenemos otra música que nos acompaña en algunos de los momentos más relevantes, y, aunque la música de David Mansfield choca con lo que vemos en pantalla, nos sacude y nos da un toque de atención: “Eh, espectador, mira esto, ¿qué opinas?”.

Una película no apta para todos, pero que ofrece recompensa

Hoy en día, el gran público no está acostumbrado a películas contemplativas en las que lo relevante está en el subtexto. Hay algunos films que tienen ese mensaje tan en la superficie que el ritmo no compensa. Pero la película mexicana de Arturo Ripstein no es una de estas. Pasan cosas continuamente que nos hacen sentir y pensar en los temas que pone encima de la mesa. Las interpretaciones son impactantes y creíbles, y los problemas que sufren los personajes interesan.

Es desagradable porque el tema lo es en parte, y cuando compartimos las decisiones de algún personaje, la cosa se tuerce, en pos de que el mensaje llegue alto y claro: mientras el marido lee las palabras que Beatriz había escrito en su diario, ella nos mira. Nos mira directamente a nosotros. Una mirada directa al corazón y a tomar cartas en el asunto. De lo que vemos, ¿qué está mal? ¿Qué está bien? Una película que deja poso, y eso, sin duda, es algo que yo demando, y aquí, he obtenido. Gracias Ripstein.




Publicado en: Críticas

Iker Casado
Iker Casado
El cine me ha gustado siempre. Lo he estudiado, lo he coleccionado, y lo he disfrutado. Pero eso no es lo más importante. Lo que más me define, es que me pasaría toda la vida hablando de ello.

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