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Entrevista a Aranzazu Calleja | Compositora de Bandas Sonoras

La banda sonora de una película es uno de los elementos más importantes de la misma. A lo largo de la historia del cine hemos conocido a músicos especializados en el arte de las bandas sonoras que son, para muchos, realmente memorables: Ennio Morricone, Hans Zimmer, Hildur Guðnadóttir, John Williams…

En nuestro país también contamos con grandes intérpretes y productores musicales especializados dentro de este ámbito. Una de ellas es Aranzazú Calleja, quien desde sus inicios en este mundillo ha formado parte de proyectos cinematográficos como la película de animación Psiconautas, los niños olvidados, Pagafantas o la exitosa El Hoyo, la cual se ha convertido en una de las producciones españolas más vistas de Netflix.

En soydecine.com tenemos el privilegio de haberle realizado una interesantísima entrevista a Aranzazú Calleja para que nos cuente de primera mano cómo es dedicarse a la composición de bandas sonoras en proyectos como estos.

¿Podrías presentarte y hablarnos un poco de ti y tu trabajo?

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Soy Aranzazu Calleja, Aran para la gente cercana, creadora musical y musicoterapeuta. Me identifico más como creadora que como compositora, tal vez porque nunca estudié composición. Me apasiona el cine y la magia que surge del encuentro entre la música y la imagen. Por eso y por caprichos del azar (y unas buenas dosis de cabezonería y dedicación) me dedico a hacer bandas sonoras.

Mi trabajo consiste en entender los deseos del director/la directora, y aportar a su película un complemento que colabore en la implicación del espectador de una manera secreta. La música es la aliada perfecta de lo que no se dice.

¿Qué te motivó a estudiar Bellas Artes?

Siempre me ha encantado dibujar, hacer manualidades y todo lo relacionado con crear o inventar cosas. Comencé a estudiar música a los 7 años, así que a la hora de elegir una carrera la de Bellas Artes era la opción más lógica, la que combinaba todos mis intereses.

¿Sabes tocar algún instrumento además del violín? Si es así, ¿cuál es el que más disfrutas?

El violín lo estudié de manera académica así que es el que más y mejor toco, pero me interesan mucho los instrumentos de cuerda percutida como la guitarra, el banjo, el ukelele o el laúd, y desde mi modestísima técnica (nunca los estudié) los utilizo para buscar armonías y esbozar ideas. El que más utilizo para esto es el ukelele barítono. Hace unos años me matriculé en trompeta y estuve tres años recibiendo clases, por curiosidad y puro capricho.

¿Cómo fue tu experiencia estudiando en Boston?

Fue uno de los momentos de mayor aprendizaje de mi etapa de formación. A partir de mi estancia en Berklee empecé a entender la creación musical de otra manera.
Llegué allí con la experiencia de haber trabajado en varios cortos (algunos muy premiados) y en mi primera peli (Pagafantas), así que tenía un poco más claro lo que quería o podría necesitar de “la academia”.

Allí descubrí que una carencia puede ser una oportunidad. Comencé a entender esta idea cuando un profesor de Berklee, después de ver un trabajo mío, me llamó a su despacho para felicitarme y me dijo que lo más importante era tener voz propia y saber lo que una quiere contar. Me animó a que desarrollara mi voz sin cometer el error de querer parecerme a nadie que no fuera yo misma. “Lo que importa son tu imaginación musical y tus ideas”. Esta es la gran enseñanza que me traje de Boston.

¿Cómo es el proceso detrás de la composición de una banda sonora?

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Detrás de una banda sonora hay mil conversaciones con el/la director/a, mucha escucha de música, búsqueda de referencias, visionado de pelis, muchas pruebas eliminadas… Los deshechos e ideas fallidas son de gran ayuda, son parte del camino. Es un viaje de búsqueda que suele ser divertido y misterioso a partes iguales, y siempre un poco obsesivo.

De todos tus proyectos musicales para películas, cortometrajes y documentales, ¿cuál fue el más difícil de realizar y por qué?

Uno de los más complicados fue la banda sonora de Psiconautas. Los niños olvidados. Mi madre enfermó cuando comenzó la fase de composición y me resultó muy complicado trabajar en esas circunstancias. Añadido a eso estaba el hecho de que en el cine de animación la cantidad de música y el método de trabajo (a partir de animáticas) que se requieren son muy diferentes a los de la ficción. Finalmente mi madre se curó y la peli cosechó muchísimos éxitos, y recibió, entre otros premios, el Goya a la Mejor Película de Animación. Por eso tengo el póster de la peli en casa, para no olvidarme de que siempre se puede sacar provecho de las condiciones más adversas.

¿Y el que más disfrutaste?

Podría nombrar varios, pero uno de los que más he disfrutado hasta la fecha es la película Taxi a Gibraltar, de Alejo Flah. El tipo de música que la historia necesitaba se acercaba mucho a un estilo con el que me siento muy cómoda y eso me permitió jugar con un lenguaje familiar. Alejo es un director con el que es muy fácil trabajar. Tenía muy claro lo que quería y confió mucho en mi. Con estos elementos el punto de partida es el ideal.

Conté con grandes músicxs y amigxs para la grabación, así que el proceso de trabajo, tanto de composición como de grabación y mezcla, fue muy divertido.
Alejo me regaló las memorias de Morricone en nuestra primera reunión y tras el estreno de la peli (dos meses después) nos fuimos juntos a escucharle en su última gira de despedida. Así que el viaje fue divertido, provechoso y muy emocionante.

¿Quiénes son tus compositores favoritos?

Me interesa el trabajo de Hildur Guðnadóttir, Mica Levi, Warren Ellis, Jonny Greenwood, Mikel Salas o Julio de la Rosa, músicxs que se alejan de lo standard, y utilizan un lenguaje cercano a la música experimental o incluso al rock.

Entre los compositores sinfónicos me gustan Carter Burwell, Mychael Danna y Alexandre Desplat, uno de los compositores más versátiles del cine actual. Y entre los clásicos destacaría a Morricone, Nino Rota, Miklós Rózsa y por supuesto, a
. No hay nadie a quien no le guste Herrmann.

¿Por qué decidiste especializarte en el mundo del cine?

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Desde muy pequeña tengo el recuerdo de mi familia reunida en pijama frente a la tele (cuando solo había dos canales y no existía el mando a distancia) y ya entonces me fijaba en la música que acompañaba a las pelis o programas que veíamos. Recuerdo especialmente la sintonía de Alfred Hitchcock presenta y la cabecera de El planeta imaginario, una versión electrónica del Arabesque nº1 de Debussy interpretada por Isao Tomita. Supongo que si desde pequeña algo te llama tanto la atención y sigues tu instinto, inconscientemente conduces tu vida hacia ese lugar que te emociona y de manera natural ocurren cosas.

Estudié música y siempre estuvo el cine por ahí, como una de mis grandes aficiones. En la carrera conocí a Borja Cobeaga y él me propuso colaborar con él. Su primer corto en cine, La primera vez, fue nominado al Goya y el segundo, Éramos pocos, al Oscar. Así que continué el camino que se fue abriendo ante mi.

Hace ya varios años que conoces a Borja Cobeaga, ¿cómo fue trabajar con él en sus diferentes proyectos?

Siempre me divierto mucho trabajando con Borja, por la amistad que nos une y la complicidad después de tantos años y proyectos juntos. Una peli siempre es un reto, pero con él es algo más, porque a lo largo de nuestras colaboraciones se han ido estableciendo algunas de las bases estéticas de mi trabajo, que han marcado mi estilo personal. Como ejemplo de esto está la idea de la música nostálgica para comedias. No me gusta el concepto de música cómica, si algo es gracioso no veo la necesidad de remarcarlo con “música graciosa”. Trabajando con Borja, nos dimos cuenta de que mi manera de acompañar la comedia era desde otro lugar. Surgió así el concepto de “comedia triste” que generaba una mezcla de tonos que a ambos nos interesaba.

¿Qué piensas sobre la falta de compositoras femeninas dentro de la industria cinematográfica?

La situación va cambiando, pero aún existe una preocupante desigualdad. Los hombres copan el 76% de la industria cinematográfica frente al 24% de mujeres. En el ámbito de la música esta situación se agrava aún más: el porcentaje de mujeres que componen para películas se sitúa entre un 2 y 3%. Son cifras alarmantes. Esto no se debe a que componer la banda sonora de una película sea una labor “más de hombres”, si no a un claro ejemplo de desigualdad.

Históricamente el hombre se ha podido ausentar de las labores y responsabilidades familiares, incluso ha podido optar por una vida entregada a su trabajo artístico sin que ello le ocasione ningún tipo de penalización social. Esto no es una cuestión de tradición, sino de discriminación. La maternidad, a día de hoy, sigue siendo para nosotras un grave escollo a superar laboralmente.
Por eso me alegra que el trabajo de compositoras como Hildur Guðnadóttir se visibilice y se escuche en películas tan populares como “Joker”. Esto ayuda a crear referentes.

¿Crees que las universidades de formación musical y la industria del cine son un sector machista?

A día de hoy no creo que las universidades de formación musical o los conservatorios sean machistas. Pero la industria del cine, sin duda, sigue siendo una comunidad machista, en la que la mujer tiene que demostrar el doble de talento y esfuerzo.

Para fomentar la presencia femenina en categorías donde su porcentaje es todavía escaso, el ICAA propuso hace un par de años una reforma a la hora de financiar proyectos, aumentando la puntuación para los proyectos que contaran con jefas de equipo en los puestos en los que se detecta más desigualdad, como es el caso de la música. Estas decisiones permiten a la industria avanzar hacia un cine más saludable, más justo, más real. Creo en la discriminación positiva como herramienta reparadora de esta discriminación histórica que sufrimos.

Si tuvieras que trabajar el resto de tu vida componiendo para un solo género cinematográfico, ¿cuál elegirías y por qué?

Elegir un género, ¡qué difícil! Me interesan las historias y los modos de contarlas, más allá del género al que se adhieran. Pero si tengo que responder a la pregunta me quedaría con la “road movie”. Es un género que puede vincularse a otros subgéneros, que utiliza el viaje como metáfora del desarrollo personal de un personaje. El viaje es siempre la excusa para revelarle al personaje algo de sí mismo, el destino es lo de menos.

Por citar algunos ejemplos: Hola, ¿estás sola? (Iciar Bollaín, 1995), comedia con estructura de road movie, Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991), road movie de culto, buddy movie de aventuras con drama de fondo. Caras y lugares (Agnès Varda, 2017), precioso documental con estructura de road movie, y dos de mis favoritas, la maravillosa The Straight Story (David Lynch, 1999) y Nebraska (Alexander Payne, 2013), un western moderno sobre la miseria cotidiana. Todas ellas road movies en las que el viaje físico se convierte en un viaje emocional. La música es una gran aliada en este tipo de relatos.

La banda sonora de El Hoyo es uno de los elementos más importantes de la película, ¿cómo fue trabajar en ese proyecto?

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Para Galder, el director, era importante encontrar la atmósfera adecuada que permitiera al espectador entrar en la historia sin resultar redundantes ni presuntuosos. Quisimos alejarnos del “adoctrinamiento” que podría surgir al otorgarle a la música una entidad excesivamente sobria, tal vez acorde con la historia, pero errónea desde el punto de vista del tono. La dificultad fue combinar los clichés del género con un estilo diferente para huir de esa pretensión.

El punto de partida fue la búsqueda de una estética que subrayara la extrañeza y la singularidad de la propuesta.

Uno de los objetivos que nos marcamos con la música fue el de insinuar a través de ella que el hoyo es una especie de “juego” en el que los concursantes deben salvar una serie de obstáculos para sobrevivir. De ahí que el tema de la comida esté concebido como una melodía de siniestro juego de niños, contribuyendo a esos momentos de comedia grotesca.

No te pierdas nuestra entrevista a la actriz Antonia San Juan sobre El Hoyo

¿Cuál es la parte más difícil de tu trabajo?

Una de las partes más difíciles de mi trabajo, sin duda, es la conciliación. El trabajo creativo, con las fechas y horarios que marca la producción de una película, no es fácil de conciliar con la vida familiar. A veces te tienes que ausentar y aislar para poder concentrarte, buscar ideas, llegar a tiempo a una entrega, y así es fácil descuidar a la gente a la que quieres. La gente que me conoce bien sabe que esto lo llevo bastante mal.

Publicado en: Entrevistas

Julieta Marino
Julieta Marino
Periodista de 21 años y de Leo. Me gustan los perros, Star Wars y Marvel. Mi santísima trinidad son Lana Del Rey, Post Malone y Alex Turner.

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