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Críticas de cine

‘Las leyes de la frontera’, un verano de los que lo cambian todo

Marcos Ruiz, Begoña Vargas, Chechu Salgado, Pep Tosar y Daniel Ibañez protagonizan esta cinta de Daniel Monzón

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Sol. Calor. El verano llega a nuestras vidas con promesas de descanso, de vacaciones, de libertad. Pero a veces, como toda época de nuestra vida, puede ser el momento idóneo de un cambio. Sobre todo en el caso del protagonista de Las Leyes de la frontera, un chaval de 17 años que durante el curso no lo pasa especialmente bien. Tal vez sea el momento de conocer gente nueva. Pero, ¿a él? ¿Quién va a querer conocerle? Pero muchas cosas importantes llegan de sopetón, sin esperarlas. Y un amor de verano puede marcar ese momento, ese instante en el que las cosas cambian para siempre.

Ese es el punto de partida de la nueva película de Daniel Monzón, el director que nos trajo la maravillosa Celda 211. Basado en la novela de Javier Cercas, trasladado al guion por Jorge Guerricaechavarría, la historia de Las leyes de la frontera nos hará ir de la mano de su protagonista, Ignacio, en un verano mágico, pero también peligroso. Es fácil empatizar, y a un ritmo endiablado, nos entretendrá mientras nos hace recordar lo que conocemos como cine quinqui.

La empatía como punto fuerte de Las leyes de la Frontera

Ignacio vive en Girona, en el año 1978. Es un chaval marginado, inteligente pero que recibe acoso por parte de sus compañeros. Con este punto de partida es fácil desear que las cosas le salgan bien, y con eso, ya tenemos el 50% disfrutado: la clave de Las leyes de la frontera es esa empatía inicial. Conectamos con el personaje interpretado por Marcos Ruiz. Es cierto que toda la situación inicial nos suena y no nos sorprende, pero es suficientemente solvente como para mantenernos interesados.

El otro lado, son los personajes Tere y Zarco, interpretados respectivamente por Begoña Vargas y Chechu Salgado. La parte que al protagonista le falta: impulsivos, libres. Cogen lo que quieren, cuando lo quieren. Eso a Ignacio le encandila, y más cuando consigue el contacto visual con Tere. Desde entonces, el amor de verano comienza, de manera orgánica y además satisfactoria. Puede que no todo los matices sean verosímiles, pero nos alegramos y preocupamos junto al protagonista. Eso es lo que más valor tiene.

Los actores se hacen con sus personajes, eso es innegable. Sacan lo mejor de sí, creando personajes que siguen viviendo en las escenas en las que no aparecen. Nos preguntamos a donde van tras despedirse, qué es lo que hacen cuando no están juntos, y cual es su vida tras toda la fachada. Se hacen con el cotarro.

Lo romántico del crimen

Lo que se consigue con este arranque en Las leyes de la frontera, es que el universo en el que se mueven Tere y su círculo, lleno de delincuencia, resulte, cuanto menos, atractivo. Funciona porque lo vemos a través de las gafas del protagonista. Tiene pocos sitios en los que encaje, y en el que lo hace, es con un hombre que no tiene su edad. Por eso cuando vemos que es aceptado, nos alegramos. Y por eso, cuando entra de lleno en esta espiral de no distinguir lo justo de lo injusto, el bien del mal, hasta nos alegramos. Porque tiene amigos. Porque está viviendo un sueño, está siendo aceptado, y está tocando con los dedos la libertad.

También tenemos el placer culpable que un arte como el cine nos puede regalar: disfrutar desde la butaca de un tipo de vida que preferimos mirar desde el palco. No queremos estar en el escenario, nos asusta el peligro. Pero verlo siempre merece la pena. Aunque a pesar de esto, la película no deja de tener cierto toque social que nos hace preguntarnos quien se encarga de estos chavales, y cómo es posible que se llegue a estas situaciones. Su conclusión nostálgica apoya este punto.

Cine que entretiene

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Lo que es innegable es que la dirección de Monzón nos lleva por una montaña rusa tanto emocional como en la propia trama. Los acontecimientos suceden sin descanso, lo cual hace que el ritmo sea uno de sus puntos fuertes. Los acontecimientos que se muestran son los que más impactan, sin preocuparse de los matices. La película no es la más original del año, pero mezcla muy bien todos sus elementos y trata con respeto a sus personajes y a su historia. Por lo tanto todo fluye. Es cine popular, creado para disfrutar, y en eso acierta.

El diseño de producción, el vestuario, el maquillaje y la peluquería nos transportan al año en el que ocurre la historia, y aunque no tenga excesiva relevancia, hace que entremos más. Igual que la música y la fotografía, que nos acercan al entretenimiento más puro. Se crea un universo en el que apetece quedarse, a pesar de lo truculento de la historia según avanza y de la espiral de delincuencia que se va haciendo cada vez más grande. Pero esa es su magia.

Hay giros que nos sorprenderán, actitudes y personajes que detestaremos y otros que nos enamorarán, a pesar de su ambigüedad. Querremos que las cosas salgan bien, pero esperaremos que salgan mal. Porque las cosas suelen salir mal. Pero aunque lo sepamos, seguiremos esperando que no sea así. La película nos llevará por esa montaña rusa que os mencionaba, y al final, esa es la intención: tenernos ahí, evadirnos, hacernos olvidar por un rato nuestra vida y vivir la de otros.

Un final que va más allá

Muchos temas pueden extraerse de la conclusión de Las leyes de la frontera, lo cual le da más volumen a lo visto anteriormente: la lealtad, por ejemplo. ¿Está tan mal lo que hacen estos chavales? ¿Es culpa de ellos, o han sido abandonados? Las relaciones entre ellos les describen como personas más complejas que lo que se puede ver en un primer momento. La vida es ambigua. Es difícil. Tenemos que tomar decisiones difíciles, y eso es lo que nos define. Por eso se le puede sacar más lecturas de las que parece dejar en la superficie.

Las leyes de la Frontera no es original, pero no lo necesita

Algo que no se puede decir de muchas cintas, es que tras un visionado, sepas que es una película que no te importaría volver a ver: algo que me pasó con Las leyes de la frontera. No es la película más original de la temporada, no es la que más poso deja, de hecho, podremos olvidarla fácilmente. Pero mientras vivimos en ella, mientras nos dejamos llevar y empatizamos, no querremos estar en otro sitio. Querremos saber lo que pasa, querremos vivir ese verano, y querremos que a Ignacio todo le salga bien. Viviremos su amor lleno de ilusión, expectativas y ganas. Y sentiremos también la nostalgia de lo que un verano tan intenso como el de Ignacio conlleva.

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