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Críticas de cine

Visión nocturna: ecos de una violación

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Hay quien decide plantarse delante de una pantalla para desconectar de su rutina y poder vivir otras cosas. Pero eso convertiría el séptimo arte en algo limitado, y nos perderíamos su máxima exposición: movernos por dentro y transportarnos a planos emocionales que de otra manera no podríamos alcanzar. Eso es lo que pasa en el documental “Visión Nocturna” que Carolina Moscoso nos regala de manera sincera y valiente.

La sinceridad más cruda

Los hechos son algo que no se puede suavizar y Carolina lo tiene muy claro. En el prólogo del film la directora chilena nos muestra con imágenes de archivo y textos concisos lo que le pasó la noche que le cambio la vida. Es sencillo decirlo, pero planteémoslo mejor: no es el punto de partida de su película, es la vivencia que le cambio. Ella abre su corazón y su verdad en un metraje de 80 minutos que no solo condensan su experiencia de 9 años, sino que nos brinda la oportunidad de conocer su psique, sus alegrías y traumas. Y por ello, yo le doy las gracias. Por valiente, ya que no me parece nada fácil dar este paso.

La manera en la que Carolina describe el momento de la violación nos deja en shock, ese es el arranque de un puzzle de sentimientos y hechos que no nos dejaran tregua. El retrato de la situación camina sin descanso por la senda del tiempo, por el que vamos chocando una y otra vez entre amistad, arte y contradicciones. La situación tiende a superarnos, desde luego, y a veces no sabemos por qué dijimos eso. Eso es sincero, eso es valiente.

Narrativamente estimulante

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La senda del tiempo hace estragos en todos nosotros: recuerdo un café contigo, recuerdo un sentimiento, pero puede que se me desordene en ese timeline. En visión nocturna los hechos ocurren en una línea temporal lineal, pero los sentimientos se van entrelazando y van uniendo los acontecimientos que siguen a esa inolvidable noche en la playa. Algo que vive con Carolina y se respira en muchas de sus vivencias. Sin duda lo emocional y lo racional se abrazan en esta cinta que pretende ser una terapia para su creadora, por lo que muchas cosas íntimas llegan a nosotros.

A través de frases que nos cuentan de manera pausada los hechos tal como Carolina los recuerda emprendemos el viaje. Pero poco a poco empiezan a entrar documentos de la investigación, conversaciones telefónicas, emails… Todo para hacer avanzar una historia, en ningún momento como prueba de nada. Carolina no tiene necesidad de demostrar nada: ella lo tiene claro, y es lo que importa. Esto va de su transformación, esto va de enfrentarlo, va de cuánto dura una violación.

Las elipsis son necesarias y nos hacen sufrir ese paso del tiempo que avanza sin preguntar. Con imágenes contemplativas nos paramos a pensar, pero enseguida estamos en otro lugar y otro momento, y sin darnos cuenta, los años han pasado. Intentando sanar.

El arte en todas sus vertientes

En pos de llegar a trasmitir las emociones de la mejor manera posible, el film recorre varias expresiones artísticas, pero nada es por el bien de una película: son maneras en las que los sentimientos afloran. Grandes son los momentos en los que los dibujos ayudan a expresar los pasos que la directora sigue en ese camino que tanto le cuesta. La explicación por colores, por animales: fresco y original. Pero real.

La música está presente en todo momento, pero no solo la que apoya los planos que Carolina obtiene a lo largo de los años: los amigos y amigas que la acompañan siempre tienen ganas de cantar o tocar la guitarra. Momentos reales que reconfortan, que nos recuerdan que pase lo que pase no estamos solos, y ella tampoco. Tiene que recordárselo. Momentos divertidos como el del desatascador, o calmados como el momento en el que entre todos encienden un fuego, nos transportan a esos momentos íntimos que rezuman realidad y calidez.

Pero sí, esto es una película, y las cámaras de vídeo tienen gran importancia. Planos que han sido rodados a lo largo de mucho tiempo que aquí llegan pulcros, reales. Gracias al montaje tenemos la sensación de que la cámara esta continuamente buscando ese plano perfecto, de que esa búsqueda es lo importante, de que la transición entre plano es lo que nos cuentan. ¿Y no es temáticamente también así?

El respiro de la reflexión

La contemplación es una de las características mas importantes del documental, a mi juicio. Los ratos que la cámara busca paisajes me han dejado tiempo para pensar en todo lo que está aconteciendo: tanto lo previo como lo que está por llegar. Además, la metáfora está continuamente acechando: todo parece caótico, pero nada más lejos de la realidad. El discurso está claro, y por lo tanto la imagen tiene mucha relevancia. Uno de los ejemplos más claros se manifiesta cuando Carolina sale con la cámara al balcón y busca a un pájaro que esta posado: o eso pensamos hasta que vemos que la imagen final es encuadrar en el mismo plano la sombra del pájaro en la pared del edificio de enfrente y al propio animal que posa sin saber que es protagonista de un mensaje muy claro. ¿O no?

La directora cuenta algo de manera tan personal, usando tantos recursos narrativos y artísticos, acercando su proyecto más a una performance, que deja muchas cosas abiertas a interpretaciones. Esa es otra de las magias de la cinta, que lo que parece volátil, acaba perdurando más de lo que pensamos en un momento inicial. El cine como terapia y como herramienta para mover conciencias debería impulsarse más para mejorar nuestro sentido crítico.

La frustración llega

A pesar de todo esto, del tono personal en el transcurso de los minutos, la sensación general es otra: esta es su historia, pero para nada es la única. No obtendremos un final que haga que esta historia sea diferente, por desgracia. Vemos a mujeres protestando, cansadas de que la historia se repita una y otra vez. Entre pancartas, bailes, gritos y fuego las mujeres nos cuentan que Carolina no está sola. Por eso las cosas por las que pasa, esas preguntas que los supuestos profesionales le hacen que tan hirientes resultan, esas reglas legales que hacen que todo acabe, resultan tan duras: sabemos que no solo las estamos percibiendo en el cine. No.

Hay un momento precioso en la película, que realmente nos llega al corazón: real, emocionante. Los rostros de la madre y el padre primerizos, emocionados, viviendo. Una metáfora y a la vez una advertencia: hay que resurgir y volver a nacer, pero nos preguntamos, ¿queremos que el mundo siga siendo así?

La realidad supera la ficción

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En el momento más alto de la película, cuando Carolina vuelve al sitio donde 8 años atrás ocurrió la violación, hay un par de momentos que sin duda me han dejado con la boca abierta. Mientras la directora camina entre coches y gente, una niña pregunta a su tío: ¿el infierno existe? Una línea de dialogo que redondea el ambiente del momento, totalmente natural y poético. Asusta. Igual que otro momento en el que una persona que pasa por allí le pregunta sobre su paso por el lugar, haciendo que ella tenga que contestar en un momento muy difícil. Redondo. La realidad supera la ficción, en muchos sentidos.

Gracias, Carolina

Hace falta gente sincera, que trate de contar lo que ha vivido. Tal vez la justicia a veces no tenga la capacidad de hacerlo, pero Carolina, has demostrado que el cine es una gran herramienta para hacerlo. Sin ser radical con ello, sino radical con el mundo, con el arte, con los sentimientos. Con lo que significa ser humano, con nuestras complejidades, defectos y virtudes. Has cogido la cámara y las has convertido en un arma para buscar una verdad que va más allá de los hechos. La verdad que supone sentir, crear, disfrutar y sufrir. Y por compartir esta montaña rusa de emociones, que siendo tuya, las has hecho de todos.

Entrevista a Carolina Moscoso Briceño

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